Pensamientos Gusto Buen Vivir by Georgina Burgos

A través de la vida nos encontramos con personas en cuya conversación todo es crítica, comentarios destructivos, inconformidad y desaliento; personas que crean en nosotros un sabor amargo y negativo, y no nos dejan ninguna enseñanza.

Si inconscientemente les seguimos el juego y nos volvemos partícipes de esa conversación, terminaremos al final del día cargando toda esa energía negativa, ese temor en nuestros corazones, y contaminaremos a todas las personas con quienes nos encontremos. Así se van formando grupos de inconsciencia colectiva, que se multiplican y destruyen a su paso a muchos seres inocentes que caen en sus juicios.

Por eso hoy quiero plasmar en este artículo, una experiencia real y conmovedora que me hizo reflexionar profundamente sobre estas actitudes inconscientes, que nos llevan a juzgar implacablemente a los demás, sin tener la menor idea de lo que realmente está sucediendo en el interior de cada ser humano.

Una noche de pertinaz llovizna bogotana, cerca de las once de la noche, iba en mi auto cuando en un semáforo se me acercó al carro un niño de escasos trece años y me dijo: “¿Señor, me podría comprar unos dulces? Tengo diez hermanitos y si no les llevo dinero se van a morir de hambre”. En aquel instante lo juzgué en forma implacable pensando que era un engaño, y además miré alrededor para encontrar a la madre o al padre explotador. Creí que se encontraban escondidos, quizás tomándose una cerveza cómodamente en algún bar cercano. Sin embargo, cuando miré al niño directo a sus ojos, pude ver su desesperación y su miedo; además, en el tono de su voz se sentían el dolor y el frío que padecía no sólo en su cuerpo sino en su alma. Entonces le dije que se subiera a la camioneta y de la parte de atrás tomara un saco para que se abrigara.

El niño se subió rápidamente y tomó un saco de lana gruesa que le llegaba hasta las rodillas; las mangas le cubrían las manos y todavía sobraba un pedazo. Le dije que ése le quedaba grande, que se pusiera uno más pequeño; pero ya había cogido el de cachemir inglés grueso, así que se lo remangó y se lo subió hasta la barriga. Luego me miró a los ojos fijamente y me dijo que le quedaba bueno. Yo no pude más que sonreír y le dije que sacara también otro más pequeño. De inmediato se puso dos sacos de menor tamaño, y sobre ellos, el gigantón de cachemir.

En aquel momento me dirigía hacia un restaurante de comidas rápidas abierto 24 horas, a comer un pincho de res y una mazorca con queso derretido. Le pregunté al niño, que se llamaba Mauricio, si quería comer algo. Sus ojos se encendieron de felicidad y me dijo: “¡Claro que sí!”. Se comió la mazorca de un tirón, el pincho desapareció como en una pasada de cepillo de dientes, y el refresco se lo tomó de un solo golpe.
Al terminar se quedó mirándome e inclinó ligeramente su cabeza a un lado, como diciendo: “¿Será que puedo repetir?” Le pregunté si se había quedado con hambre. Obviamente me dijo que sí, y repitió de todo.
Luego empezó a temblar y a decir que tenía mucho frío. En ese instante lo juzgué de nuevo: ¿cómo era posible que tuviera frío si acababa de darse tremenda comilona, tenía tres sacos puestos y estaba dentro de la camioneta? La verdad era que el niño tenía fiebre, pues estaba resfriado.

Me contó que vivía en el barrio Lucero Alto, en Ciudad Bolívar (una de las zonas más pobres de Bogotá). Le pregunté cuánto se demoraba en llegar allí y me respondió: “Depende. A veces cinco, seis u ocho horas porque me voy a pie para ahorrar lo del transporte”. En aquellas correrías nocturnas ya lo habían perseguido, atracado y violado. Me ofrecí a llevarlo hasta su casa en Lucero Alto, pero cuando llegamos a los alrededores del barrio le pregunté hacia dónde debíamos seguir y me dijo que él no vivía ahí. En aquel instante lo volví a juzgar, y le pregunté disgustado por qué me había engañado. Me contestó: “Lo que pasa es que yo vivo en la cima de la otra montaña”. Tuve que ponerle la doble transmisión a la camioneta para subir hasta allá.

Al llegar me señaló un tugurio de latas justo al borde del barranco. Quitamos la puerta, pues era removible, y al entrar me di cuenta de que no tenían agua pero sí luz y televisión, obviamente pirateadas. Con gran sorpresa vi a una señora cómodamente acostada sobre unos colchones, rodeada por un montón de niños y niñas en una atmósfera recalcitrante a orina. Saludé a la señora y le pregunté cómo estaba. Ella, con una gran sonrisa, me respondió que se encontraba muy bien gracias a Dios, a la Vírgen y a unos ángeles cuyos nombres no recuerdo. Cuando miré la escena, pensé juzgándola: “¡Qué tal la descarada! Cómo no va a estar bien ahí acostada viendo televisión mientras su pequeña criatura trabaja toda la noche”.

La señora me preguntó si yo era papá Jaime, y comentó que siempre me veía en el programa de televisión Muy buenos días. De nuevo la juzgué diciéndome: “¡Es increíble! ¡Vieja descarada, manipuladora, abusadora e irresponsable! Se la pasa viendo televisión mientras su hijito trabaja”.

Me pidió que me acercara a explicarle el ejercicio del perdón, pues en el programa me había escuchado decir que perdonar no es olvidar, sino recordar sin dolor. Le pregunté a quién quería perdonar y ella me contestó: “¿Ve a esa niña de trenzas que está allí? Pues bien, su padrastro intentó abusar de ella y cuando me interpuse en su camino, me levantó del piso, me tiró contra la pared y caí de espaldas en la esquina de una mesa. Desde ese día quedé paralítica”.

En aquel instante entendí las dos lecciones que Dios y la vida me daban. Primera: todas las veces que juzgué estuve equivocado, y segunda: ¿cómo era posible que una persona en esas condiciones me pudiera responder sonriendo que estaba muy bien gracias a Dios, a la virgen y a aquellos ángeles, mientras nosotros nos quejamos por los altos impuestos, el mal clima, por no tener televisor de pantalla plana y ropa de marca? Generalmente nos preocupamos por lo que falta en vez de disfrutar lo que tenemos.

Antes de juzgar recordemos siempre estas grandes lecciones y este testimonio, porque cuando apuntamos con el índice para juzgar a los demás, tres dedos apuntan hacia nosotros a manera de triple recriminación como diciendo: “¿Y tú qué has hecho?”.
Por Jaime Jaramillo ‘Papá Jaime
Semillas del alma

ALGO MAS QUE AGREGAR……

Es difícil vivir sin juzgar. Estamos acostumbrados a hacerlo. Nos es casi imposible no tomar partido, no tomar posición respecto a algo.Vemos que alguien comete un error e inmediatamente pensamos: ¡Qué estúpido!
Miramos a alguien vistiendo algo y pensamos: ¡Qué feo o qué lindo vestido!

No faltara alguno que nos dira que es bueno juzgar porque los juzgamientos alimentan nuestros valores, pero quisiera pensar de otra manera: el juzgar aumenta nuestro nivel de estrés, nos distrae, nos desenfoca. En efecto, al estar permanentemente juzgando, la mente se satura, se cansa. Y con ella, nos cansamos nosotros. Con juzgar mantenemos siempre llena nuestra taza, y eso atenta contra los nuevos conocimientos y experiencias. El juzgar nos impide desarrollar nuestra inteligencia interpersonal, nos dificulta la relación humana.

¿Cómo no juzgar? , sólo hay una manera: no haciéndolo. Debemos acostumbrarnos a vivir con un nivel más alto de alerta, de manera de detectar la intención de juzgar y cortarla de plano. Debemos luchar contra nosotros mismos y anular esa propensión al juzgar que siempre está presente en nosotros. Seguramente, estarás pensando… ¡Mira las cosas que nos está diciendo! ¿Ven? Eso es juzgar… y el que yo haya hecho esa observación también lo es. Contra eso es que hay que luchar. Los grandes males sociales, como la segregación, nacen del acto del juzgamiento.

¿Y sabes qué hay detrás del juzgar?
¡Miedo! En efecto, juzgas porque temes. Que si no vivieras con miedo estarías en un estado permanente de indiferencia y vivirías más feliz. Seguramente, ya se dieron cuenta de que ésta no es una etapa sino un estado. Es verdad, pero es necesario para todo el proceso, desde el relajarse hasta el llegar a estados meditativos. No hay nada más pernicioso que mantener la mente clavada en el juzgamiento:
nos extrae toda la energia,.

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Si puede ser, pero a poco no, vale la pena vivirla.

Es dura cuando te sientes solo, cuando te hacen sentir mal, cuando crees que no hay nadie en quien puedas confiar, cuando te sientes sola…

Cuando el mas mínimo detalle te hace llorar, o recordar cosas que te han pasado.

¿Sabes cuando es dura la vida?

Cuando no la disfrutas, cuando no aprendes a valorar el hecho de respirar, cuando el estar vivo es lo mas maravilloso.

No les miento a mi me han pasado muchas cosas a mis escasos 16 años, he sufrido de desprecios, de humillaciones, de gente que me quiere ver abajo, de gente que me odió, de gente que nada más busca el mal, pero de esa gente estamos rodeados, yo
ahora me digo, por que buscas el mal de las personas, si hay muchas, que te hacen sentir bien.

El fracaso no existe, existen los errores.

El mundo en el que se vive, o el entorno, se lo da cada persona, los hechos son los que hablan, bien o mal, siempre lo bueno o lo malo con el tiempo, se recompensa.

Yo he sufrido maltratos físicos y psicológicos, he deseado muchas cosas que muchos gozan, la riqueza no lo da todo la pobreza tampoco, lo que te hace crecer son las ganas de salir adelante, las ganas de ser tu misma, los propósitos, las metas, lo
que quieres hacer.

Primero que todo debo pensar en mi, no buscando depender de nadie, saber que si lo quiero hacer lo haga.

Si, la vida no es fácil pero hay cada de talle, una mirada, una palabra, una sonrisa, un hola, un adiós, todo cuesta pero a veces uno se lo hace mas complicado, tal vez yo peco de ser una persona rencorosa, una persona, que todo lo vive y todo lo
siente, una persona que llora.

Una persona común como tu y como yo, la diferencia es que yo le he encontrado sentido a la vida en vez de buscar mi mal prefiero encontrar mi bien, porque tu tienes la llave de tu felicidad y porque hay una vida que vivir.

Gracias a la vida soy la persona que soy, y le agradezco a los que mas me han hecho daño, por que me han hecho mas fuerte.

Georgina Burgos

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